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Terra
La Coctelera

Desvaríos del corazón

En este bosque enblanquecido, que solo algunos pájaros parecieran habitar, la luz mortecina de un día invernal apenas atraviesa el apretado enramaje de añosos árboles. Sólo el eco del palpitar del propio corazón en los oidos y el frio que entumece la cara dan cuenta que no es un sueño. Reina un silencio reconfortante que puede también en un tris volverlo loco a uno mientras me detengo a contemplar el paisaje de árboles cuyas delgadas ramas se me figuran dibujadas con un delgado pincel chino.

Estoy en Detva, una ciudad pequeña en el Este de Eslovaquia, pero no estoy seguro de ello pues creo que me he perdido. Ayer en Banska Bystrica alguien me contaba que varios miles de soldados rumanos habían muerto en estos bosques combatiendo a los nazis en la segunda guerra mundial. Este pensamiento se apoderó de mí, secuestró mi mente y ahora me ha envuelto en oscuras cavilaciones en este bosque alguna vez cubierto de cadáveres, de sangre e infierno. Estoy perdido en mi mismo.

He vuelto de Eslovaquia, pero no he podido dejar el bosque ni mis desvaríos y el eco de mis palpitaciones y el frio en la cara permanecen. Entiendo que no es un sueño, pero no estoy seguro. En cada viaje dejo una parte de mi mismo y en cada viaje también me traigo amuletos e íconos emocionales que sólo adquieren significado en el espectro de mi vida. Hoy me he extraviado de nuevo.

Los Otros. The Cotswold Lodge

En la tele muestran “Spooks” la nueva serie de la BBC sobre espionaje y graves tragedias ambientales y urbanas en el Reino Unido. Son demasiadas las cosas que quedan sin decir y es demasiado lo que no necesita ser dicho, llueve despacito y hay una levedad extraña en mi cabeza.

Ha anochecido en Oxford y en mi cuarto de hotel escribo estos apuntes, pinceladas garabateadas producto de un insomnio pasajero merced del jet lag tras un vuelo de 14 horas desde Hong Kongy y las 8 horas que me tomó llegar aquí desd Perth. En el número 66A de Bunbury Road esquina de Norham Road en Oxford se encuentra un pequeño hotel—en realidad un Bed and Breakfast-- el Cotswold Lodge. Vagando en realidad, prendido del Ipod como si no fuera de este mundo, cruzo el silencio de los parques llevando entre mis manos un puñado de tiempo que no es mío y que no comprendo.

Se trata de un hotel de 4 estrellas que funciona en un edificio de arquitectura victoriana construido a principios del siglo 19 y que es parte de los Classic British Hotels, un asociación de hoteles que se encarga de mantener ciertos estándares en la tradicional manera británica de hacer. El hotel es acogedor, los cuartos son pequeños y aunque refaccionados, sufren los achaques de la edad formando todo parte del encanto del lugar. Hay un pequeño y antiguo cementerio al final de la calle St Giles, a un costado de la iglesia del mismo nombre. Conviven las lápidas porfiadamente erguidas con los paseantes que cruzan a Bunbury Road. Me detengo a leer los nombres que resisten el olvido, solo los nombres.

Oxford es una ciudad de algo mas de 100,000 habitantes ubicada a unos 35km de Londres, en el interior de la pequeña gran isla. Desde luego los mas de 9 siglos de antigüedad de su principal universidad y su presencia avasalladora en la ciudad no serán motivo de esta pequeña y disparatada crónica de viaje. Baste decir que el Cotswold Lodge queda a unas cuadras del centro de la ciudad y que uno disfruta caminando su urbanidad de cuento, cruzando cuidados parques y estrechas callecitas y pasajes flanqueados por casas victorianas ordenadas meticulosamente. La mayoría de estas magníficas residencias privadas, unifamiliares han sido convertidas en residencias de estudiantes, alineadas y apretadas unas contra otras, salpicadas aquí y allá por tabernas, pubs y pequeños negocios de delicatessen y libros. Nadie podrá decir con convencimiento que he enloquecido, faltan evidencias. Sólo he bebido un par martinis esta noche y no estoy ebrio, solo encandilado.

Oxford es una ciudad universitaria y a pesar de la enorme y cosmopolita población de estudiantes, mantiene un carácter pueblerino, tranquilo y alejado de esa atmósfera cáncunómana tan típica de ciudades universitarias en el mundo. En el Brown Bar and Grill Restaurant, uno de los clásicos de la ciudad, se comen las mejores ostras y se beben los mejores martinis secos de la ciudad aunque desde luego la cerveza en sus mas variadas formas es avasalladoramente la bebida favorita en estas latitudes. La concurrencia es mayoritariamente de recatados ciudadanos de Oxford y padres visitando a sus hijos estudiantes para asegurarse que sus retoños tienen un buen pasar en la universidad. Un padre y su hijo conversan en la mesa contigua ambos de brazos cruzados como temerosos que el uno vaya a adivinar los secretos del otro, adivino que se quieren pero se sienten demasiado vulnerables .Anteriormente me he hospedado en el Malmaison, una antiguo edificio carcelario que alguien tuvo la buena idea de refaccionar y convertir en hotel. De hecho las celdas son hoy en día las habitaciones que uno ocupa y donde se puede dar rienda suelta a la imaginación pensando en los antiguos moradores de la celda. Me dicen que he equivocado de profesión, que debiera enmendar el rumbo pero no sé que significa eso.

Joondalup

Joondalup es hoy un suburbio de Perth, la capital del estado de Western Australia que se expande rápidamente absorbiendo los pueblos y villorrios en sus alrededores. Ubicado unos pocos kilómetros al Sur de Perth, siempre en la costa, Joondalup hoy convertido en una atracción por el magnífico “golf resort” del centro de la ciudad, mantiene sin embargo el carácter aletargado y rural de Australia, característica que lo obliga a uno a examinar su propia forma de vivir. Salí de Denver un Viernes y llegué a Perth un Domingo por arte y obra del cruce de la línea internacional del tiempo. Sin importar la ruta que uno haga –por Singapore, por Hong Kong, por Auckland, siempre se trata de un viaje interminable de por lo menos 21 horas, sin contar la horas de espera en aeropuertos. Este es el confín del mundo, pero mas lejos se siente uno estando en Timbuktú o en Bukavu..

Hice mis visitas obligadas a Perth y a Freemantle. He reconfirmado que soy un tipo de costumbres arraigadas que se llena de íconos, que establece ritos y se somete a peregrinaciones a los mismos lugares como si intentara pagar una deuda contraída con ciertas deidades, pero sobre todo porque aquellas repeticiones me evocan vivencias con profunda intensidad. En Perth, rehice una vez mas, la caminata por St George´s Terrace casi hasta los pies de King´s Park, almorcé sushi en el Matsuei, en el primer piso de QV1, el edifico mas alto de Peth, me refocilé con los jardines de las Cortes y las esculturas bellamente plantadas en sitios estratégicos, me fui al Jetty, al embarcadero, en la ribera del Swan river,al final de Barrack street, divisé el manífico restaurant Halo donde se come pierna de cordero como no he comido en ninguna parte….. hurgueteé en las tiendas de discos y en las de ropas de descarte del ejército por las rarezas que uno puede conseguir, me fui a las extraordinarias tiendas de mapas donde se pueden encontrar verdaderas joyas para viajantes, llamé a mis amigos, pensé en la otra mitad del mundo.

Al dia siguiente me fui a Freo (Freemantle), en un día primaveral esplendoroso, donde el sol reverberaba sobre el Indico sacándole destellos verdes y azulados. Mientras caminaba en una playa de arenas blancas con los ojos entornados, evocando las imágenes de los párrafos finales de ”El Extranjero”, el aroma de la sal iba despertando en mí recuerdos que finalmente terminaron por imponerse sobre aquellos de mi imaginación. El contacto tibio de la arena en mis pies, el sonido acariciante de las olas barriendo la playa, el viento desgreñándome el cabello, el sol quemándome la piel, el graznido de las gaviotas que alborotadas parecían jugar con el viento….todo me ocasionaba una felicidad genuina, una sensación de bienestar uterina, un regalo que cada vez que vengo a Australia busco siempre anhelante.

Haikús tímidos

Desatándome

mariposas azules

somnolientas van



Levemente son
gráciles y sutiles
las Epifanías


Negra la gata

aterciopelada va

dando saltitos



Leves las hojas

otoñándose caen

resplandecientes



No hay mirada

sobre el horizonte

desvanecido



Acabar siendo

nube sobre el puerto

no he soñado